Joder, qué complicado es ponerte a otra cosa.
Bueno, realmente es más complicado terminar algo que ponerse con una cosa nueva, al menos para mí. Lo mío es empezar y no terminar, dejarlo a medias. Así no hay quien pueda pasar página.
El verano ha sido tan bueno que ha habido un par de domingos en los que no me apetecía absolutamente nada volver a Madrid. Llega el viernes y estoy deseando ir al pueblo; allí estoy infinitamente más cómodo que aquí, pero el domingo siempre tengo unas ganas terribles de volver y desaprovechar la tarde mirando chorradas en internet, para el lunes por la tarde estar ya cansado de todo. Madrid me da mal rollo, no me sienta nada bien. Calculo que durante el verano habré salido de casa para quedar con alguien no más de dos veces. Quizá sea la causa de mi desgana, pero la verdad es que no me apetecía nada, no por la gente, pero nada que pueda ser lúdico me suscita el más mínimo interés, exceptuando leer un rato y tirarme horas y horas delante de esto. Tengo muy pocas cosas que hacer y menos son las que me apetecen. Estoy muy apático de lunes a jueves.
Creo que tengo miedo a hacer algo diferente, y aunque llegue al hastío por la inactividad entre semana, supongo que me siento cómodo dentro de casa. El otro día quedé con una de las pocas amigas que me quedan y me dí cuenta que teníamos muy poco de qué hablar. Cuando quedas con alguien que no has visto en meses y más que conversación, el rato está plagado de largos silencios, te planteas qué coño haces ahí. Yo en concreto lo que hice fue ponerme nervioso y soltar una serie de banalidades y absurdos en un infructuoso intento de rellenar esos espacios. Pero como es lógico, no es nada natural, se nota mucho y además es incómodo, como el propio silencio. Mejor no decir nada, que en sí es lo mismo.
Por otra parte me alegré de la desgracia ajena (para variar) porque el novio trata fatal a Bea y ella dudaba si dejarle o no, y el otro día, por primera vez en mucho tiempo, me agradó la idea de tener algo con ella. Parece mentira que después de cinco años no haya aprendido lo que hay, y que ella no es para mí. O más bien yo no soy para ella. Ni para ella ni para muchas otras, como siempre. Puede que el whisky me ayudará en esta asociación de ideas.
Además, tuve una duda existencial durante un tiempo que no es otra que si debía pedir perdón a la innombrable y al chuloputas. Creo que ella no me perdonaría; él quizá sí, pero ya sé de sobra de la pasta que está hecho. Para ello debería armarme de valor y olvidar todo lo pasado, pero creo que no puedo. No es que me quede rencor, sino más bien una decepción inmensa, realmente grande. Todo esto porque eran amigos, no colegas. Pero como bien recordó Kike este fin de semana, a la gente se la conoce en la adversidad, no en un garito por la noche. Y está claro que esta gente tiene una forma de ser muy determinada a la que yo no me puedo amoldar. Quizá en un futuro cambie de opinión aunque puede que para entonces no tenga ningún sentido esta reflexión. A lo mejor ni siquiera la tiene hoy día.
Más cosas: los exámenes. La cosa se plantea fatal, no tengo ni la mitad de apuntes, y cada vez que pienso en lo que me queda, y sobre todo, cuando veo comentarios de gente que ya ha terminado regocijándose por ello, me vengo abajo y creo que no soy capaz de hacerlo. Además me jode mucho. Tendré que intentar algo, porque si no lo más conveniente será dejarlo. Y ponerme a otra cosa, ¿o no?
Tuesday, August 24, 2010
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