Sí, amigos, de nuevo estamos en la estación en la que se caen las hojas, la gente se deprime, se acaban las vacaciones y el calor, empieza la rutina, los anuncios del juguetes y de la navidad en el Corte Inglés... Realmente nada de eso me importa, porque es mi época del año preferida.
Y ciertamente sería plenamente feliz si no pudiera recordar nada de este verano, y ya puestos, del anterior, y del anterior, y ... Como nada de eso es posible no me queda más que la resignación y el Cipralex.
Este fin de semana se me plantea curioso, son fechas extrañas, siempre lo fueron. El comienzo del otoño me retrotrae a tiempos ya pasados que, con el envoltorio de los recuerdos, parecen ciertamente felices -como un caramelo ácido- y generan una melancolía tremenda en mí. Es una sensación que siempre me ha gustado, quizá sea porque me va la caña y el dolor autoinfligido, pero bueno, en cualquier caso no deja de ser una mezcla difusa entre tristeza y alegría, o dándole una vuelta de tuerca más, la proyección de los recuerdos sobre el presente. E incluso sobre el futuro inmediato.
Dicho lo cual, no me apetece seguir enrollándome con temas tan intrascendentales, o no. Quería contar otra cosa distinta antes de irme por las ramas.
¿Ir o no ir al pueblo? Es una decisión muy complicada y me genera sentimientos enfrentados, como la melancolía. Pero es algo más intenso si cabe. Apetece ver a gente que llevo sin ver meses, apetece volver a hacer las mismas cosas de siempre que tantas tarde y noches nos resultaron aburridas por lo monótono de todas ellas, apetece subir al monte y ver los castaños de la garganta y del cotano perder sus hojas, apetece ir a la piedra a mirar el horizonte sin nada en la cabeza, sentado mientras el viento frío corta mi cara.
Hay cosas que apetecen menos, y seré bastante más explícito, que no descortés. No quiero ver a ninguno de los dos. No quiero ver como se hacen carantoñas, no quiero ver como todo el mundo les ríe las gracias, no quiero sentirme mal mientras eso ocurre aunque no tenga sentido alguno. Por supuesto no quiero que me de un ataque de ansiedad, porque como bien ha quedado demostrado, la salud y la felicidad de uno mismo es lo primero y lo único.
Realmente, en el fondo, me sigo sintiendo frustrado con todo esto, pero ya no duele tanto. Es más ¿rencor? ¿odio? ¿rabia? ¿Todo ello junto? Quizá el origen sea la decepción en si misma, que sigue viva y e igual de grande que el primer día. En cualquier caso, les deseo el mal a ambos, y aunque mi conciencia me de algún palo que otro por ello es algo positivo (por lo visto), porque así descargo mis demonios y puede que sea el renacer de mi orgullo (¡Oh, no!). Sería interesante verles pasar por algo parecido, ¡que coño!, igual, a cada uno de ellos. Y allí veríamos a dónde llega la comprensión, el respeto, la amistad, la empatía y todas esa serie de mandangas que nunca existieron. Interesante, aunque me arrepienta de escribirlo.
Ya no queda nada de amor, por fín me puedo apuntar una victoria, ¡yuhu! (y alguno más, que también se despreocupará, afortunadamente). Ya era hora de que algo cambiara y me alegro tremendamente por ello. Pero muchos de mis problemas siguen latentes, incubándose como un buen costipado, a la espera de atacar en toda su magnitud. Las pastillas son las que los mantienen a raya y también el espíritu más constructivo que me he ido forjando (aunque quizá una cosa sea producto de la otra). En cualquier caso, eso queda para otra entrada.
Sé que las cosas mejoran, bueno, las cosas no, soy yo el que mejora y eso es tremendamente positivo. Me alegro. Aunque aun me queda, igual que al otoño.
Prometo disfrutarlo; y del pueblo, el tiempo y la presión atomosférica decidirán.
Y otra canción triste para amenizar el post

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